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E
RIC BROGNIET

Director de la Maison de la Poésie et de la Langue française Wallonie-Bruxelles, Bélgica.
Director général du Festival International de Poésie.

Roberto Di Pasquale: la ilusión, la alusión y el juego de la vida.

El universo de esta noche tiene la vastedad del olvido y la precisión de la fiebre.

...........Jorge Luis Borges,
...........El otro, el mismo

Nuestro deber supremo y el más sagrado, es el de cuidarles al país y al siglo su fundamento espiritual; además ha revelado ser un elemento moral de una eficacia superior, quiero decir, ese sentido de la verdad en el que reposa la justicia.

........... Hermann Hesse
........... El juego de abalorios.

Roberto Di Pasquale nació en Buenos Aires, Argentina y su obra poética disponible hoy en su traducción francesa [1] nos revela un gran poeta metafísico en el registro de sus predecesores o de sus contemporáneos, llamados Antonio Porchia, Roberto Juarroz o Jorge Luis Borges, por citar sólo a éstos. Pero dentro de esta tonalidad de la poesía argentina, hecha de reflexividad antes que definírsela por su lirismo o su antilirismo, Di Pasquale aporta su propia visión del mundo, profundamente coherente y destilada mediante alusiones. El Tiempo, el Espacio, el Destino, lo Intemporal o la Nada, todas las categorías que les encomendamos la definición de nuestra vida, para darle un sentido, se presentan en él como las diversas máscaras, con que se reviste un Dios del que no se puede decir si está ausente o presente, o presente y ausente a la vez. Un problema en suspenso, que el pensamiento enfoca perdiéndose. Como si la Maya, la fuerza mágica que crea al ilusorio universo, el mundo de las apariencias, de la que el pensamiento mismo forma parte, recubriese con sus engañosos sortilegios cada vía de aproximación que tomásemos. La fenomenología sería tan poco segura, y de la alusión a la ilusión todo cambia en función de una vocal... ¿Negativa radical, el poema de Roberto Di Pasquale? ¿Negativa a definir un sentido presumiblemente unívoco? ¿Rebelión definitiva y calma contra nuestras tentaciones de encerrar la verdad de una visión que sólo es, por supuesto, nuestra? Desde luego. Y, sin embargo, el sentido que buscamos no está por ello desvalorizado. El poeta nos indica sólo la multiplicidad de las vías de aproximación y sobre todo la necesidad de dudar siempre de todo. Tal vez la imposibilidad de formular que Esto de lo que participamos no impide vivirlo, y Esto nos necesita para ser, así como para ser plenamente necesitamos presentir, un poco más allá de las apariencias y de la realidad, la naturaleza íntima de lo real. El sueño que nos sueña, el olvido que nos pone en el mundo, esa música callada o esa soledad sonora, familiares al místico español Juan de la Cruz, esas connivencias con Antonio Machado o con el inmenso peregrino de un mítico Viaje a Oriente que es Hermann Hesse, presentes en el poema de Roberto Di Pasquale, nos indican que más allá de los problemas de estética y de forma, antinómicos en este caso, una proximidad al vértigo borgeano –pienso en el tan explícito poema de Borges “Arte poética”[2] – y a la Nada mística y sin duda, de ahí, una adecuación a los principios éticos del budismo, están esencialmente presentes en Las Alusiones. La fuerza del amor, de la paz y del conocimiento interior, el rechazo de los egoísmos y de las pasiones, y la suprema vacuidad, que es nuestra suprema libertad: tal es el camino abierto, y abierto infinitamente, por Di Pasquale, poeta de una reflexividad que de ningún modo procura apropiarse de una verdad para imponérsela a su lector, sino que muy simplemente indica la dimensión vertical que caracteriza al hombre despierto. Todo lo demás –el mundo de las apariencias, la realidad (ya sea material, intelectual o inclusive espiritual) – es, en definitiva, máscara engañosa, sueño o pesadilla. A la manera del profeta semita, aquí el poeta socava los fundamentos de un orden (una vez más, material, intelectual o espiritual) establecido y formula en palabras desnudas pero complejas lo esencial, es decir, la pregunta, las preguntas que nos abren un camino, que nos abren caminos.

La notable organicidad de la obra poética de Di Pasquale se trasparenta a través de la construcción misma del volumen. La edición de junio de 1992, en español, aparecida en Buenos Aires, comprendía cinco partes; la edición francesa agrega a ese conjunto una sección inicial inédita y posterior, cuya tonalidad muestra que no es en absoluto diferente del cuestionamiento sufrido por el poeta, y lo que conocemos de los poemas más recientes del autor, como lo atestigua lo inédito que figura aquí[3], indica que el trabajo se continúa con el mismo modus operandi. Asimismo, el libro ha sido organizado, no según un orden cronológico de composición de los poemas, que datamos tanto mejor cuanto que el autor señala al pie de cada pieza la época de su concepción, sino según un orden orgánico, profundamente vital, que indica que una misma preocupación, un mismo designio creativo, un mismo motivo sostienen el libro, como las vértebras sostienen el cuerpo, y ello desde las piezas más antiguas, datadas en los años cincuenta, hasta las más recientes, fechadas a mediados de los años noventa. Hecho de avances y retrocesos, el poema se parece a un camino y lo constituyen poemas particulares que son otros tantos fragmentos semejantes a los pasos de un pensamiento y de una institución en movimiento.

El primer poema de la sección inicial de Las Alusiones es bien revelador. Misteriosamente, casi de una manera abrupta, el poeta describe una partida, consecutiva a un acontecimiento que no se nombrará ni describirá. Una partida, un camino en el que se habla, en el que se intercambian palabras. Y el último signo del poema será una pregunta, un signo de interrogación.

Y luego se fueron
Estábamos hablando...
Uno de ellos
parece que era Dios.
Con ese brillo en sus ojos
capaces de ver
aunque no miren.

No es por displicencia
sino porque es así.

Se fueron con Él
¿Adónde?
Los que lo acompañaban
tampoco lo sabían.

¿Y ÉL?

...........(1. 25 de noviembre de 1992)

Esta pregunta proseguirá durante toda la vida, durante todo el libro, y si el poeta nos confía que se da cuenta de que no comprende hoy más que ayer, ni hoy más que mañana, al menos nos indica que la pregunta y el camino son los de un encuentro consigo mismo, y todas las peripecias de la vida, del camino, le proporcionan a la pregunta claridades o esclarecimientos a falta de fulgor y de iluminación. La rueda de la vida gira en el camino y mientas gira desafía al enquistamiento, a la esclerosis, a la muerte; mientas haya palabra y camino, habrá esperanza y signo... El poeta nos indica con ello que tomar conciencia del juego de las eternas apariencias y de la Maya no es ceder a las tentaciones del para qué, sino apelar a una libertad más libre, a una conciencia más responsable:

No es verdad lo que dicen
que el Destino está escrito.
El también improvisa
como todos nosotros.

No son letras de fuego
las suyas.
Son letras que soportan
lo que siempre interroga
con voces de comando.
Entre las campanadas
de las horas perdidas.

(11. octubre de 1992)

En un poema de la misma sección, el poeta señala claramente que el juego de las apariencias fenomenológicas no se debe, pese a todo, rechazar (como tan a menudo lo hacen los discursos sectarios que predican el abandono de los bienes de este mundo en beneficio, es el caso de decirlo, de un hipotético paraíso). En efecto, el sueño que soñamos y que nos pone en el mundo, el sueño que nos sueña, define para cada uno de nosotros su territorio, nuestra identidad. Ilusoria, ciertamente, pero identidad no obstante. Y si el foso, la imposibilidad de juntarnos, perdura hasta en el abrazo o el éxtasis o inclusive en el momento de gracias, como escribe el poeta en varios de sus poemas, sin embargo sería aún más vano creer que podríamos abandonarnos, irnos de nosotros y convertirnos en puros espíritus. No es el camino de la vida. No es nuestro papel. Y si, como escribe Borges[4], La muerte es vida vivida/ la vida es muerte que viene, ello no impide que, a ejemplo de los pájaros invocados por el poeta y cuyo lenguaje no conocemos (¿Qué dicen / en su hablar / los pájaros? nuestra tarea sea quizá, como la de ellos, hablar del aroma de las antiguar ramas, anunciar el día / de la nueva fragancia / que cubrirá sus alas / y les dará la paz / sin poder explicarla / ni volando ni cantándola (Poema 10, octubre de 1992). Esta aceptación es el primer paso en la vía de la sabiduría, es decir, en la vía de la refutación de las angustias y del estrés:

A veces me confunde
SU VOZ cuando me dice
-o creo que me habla-
“Te acuerdas, Roberto,
cuando transitábamos
por aquellos espacios
que no conocíamos
aunque Yo mismo
los había inventado.
Yo sé que para ti
eso pasó hace tiempo
y te cuesta aceptarlo”.

Pero luego me calma
SU VOZ cuando no habla
y no dice palabras.
Sino que me señala
el mapa recorrido
con todos sus espacios
en los que habita siempre
sin nunca haber nacido.

(9, 25 octubre 1992)

Un notabilísimo texto de la misma sección indica de manera aún más económica el mismo tema:

El alma
se despierta cuando duerme.
Su sueño de vigilia
inaugura la vida
que viene de muy lejos
entre las nubes
los vientos y las aguas
que yacen en las fuentes
de lo que siempre ha sido
y no dejará de serlo.

(13. 15 enero 1993)

Al mismo tiempo, Roberto Di Pasquale señala dialécticamente que el juego de las apariencias, del que formamos parte y en el que se habla de fundirnos, si bien nos da una identidad, prohíbe que tomemos ésta como segura. El poeta suscita o sugiere un interesante trastrueque de la problemática: conscientes de nuestra identidad, puesto que la vivimos plenamente, nos volvemos conscientes de su ilusión, precisamente porque la vivimos en plenitud. Escribe en un poema de la segunda sección de Las Alusiones:

(...)
No intentes descifrar.
El código no tiene tu lenguaje
ni el de nadie..
Continúa soñando
entretanto
con sueños prestados.
No creas que son tuyos
ni que siguen tus pasos.
Son inmensas olas
de extraños minerales disueltos
en colores que apagan sus luces.
Como sordos rumores
o destellos silenciosos.
(...)

La mención del acto carnal, es decir, del acto con el que hacemos obra de carne, deseo y reproducción, en un poema en el que se habla de la identidad y la ilusión, de la plenitud y lo imposible, es significativo en el más alto grado. Pero en el mismo poema dice también, como en el vacío, que el rechazo del acto carnal, del acto vital, sería aún más ilusorio:

Estamos tan lejos
los unos de los otros
que nos tropezamos
sin saber quiénes somos.
Ni el Yo
que llevo en mí
ni el Tú
que ignora al Yo que lo hace suyo.

Quizás las distancias
no son tan lejanas.
Pero el abismo existe
aún en el abrazo.

(17. 30 Agosto 1993)

Lo mismo ocurre con la escritura, ese acto vital para el poeta como el acto carnal es vital para todo ser vivo. En la segunda sección de Las Alusiones un poema de 1989 lo dice con toda claridad; por lo demás, se podría relacionar este poema con el de Borges “A Francisco López Merino”, del conjunto de 1929 Cuaderno San Martín:

Ahora has llegado a las última líneas.
El combate se libra
sobre el barro o la nieve.
Tal vez a pie desnudo.
No es cuestión de cruzarlas
las últimas líneas.
Hay que chapotearlas. Combatir.

Es verdad, los dos están fatigados.
Tu cansancio es el mismo
que aletarga al Destino.
Quisieras tenderte
de espaldas sobre el pasto
y que el cielo cerúleo
pronostique Mañana
a tus ojos maduros.
Pero
debes caminar. No digo avanzar.
Casi sin armas
entras al combate contra nadie.
Ese nadie que te agobia
con su borrosa ausencia.
yo sé que si pudieras tenderte
-como digo-
podrías rescatar instantes
fragmentos del olvido.
Como la tarde en que encontraste
-después de muchos años-
ya anciano al poeta
Ricardo Molinari.
Fue en una esquina de Buenos Aires
que ahora se rasga en tu memoria.
Pero regresan sus palabras
entre aquella sonrisa penetrante
de indio ciudadano:
“Qué lindo es escribir”.
Sí, por supuesto. Estaba marchando
sobre el barro y la nieve
de sus últimas líneas.
Combatía.
Y era feliz al sentenciar
en su entrega total al combate.

Frente al testimonio de la huida del tiempo y de la ineluctabilidad de nuestra muerte, en Di Pasquale, o frente al suicidio de un amigo y a la aparente irrisión de todo acto humano consagrado por naturaleza a la disolución, en Borges, la palabra poética opone no obstante la inutilidad fundamentalmente útil. Esta aparente paradoja conlleva, una vez más, la dialéctica vital que Borges a su vez expresa en la parte central de su poema:

(...)
Nuestra voz sabrá oponer alguna cosa
a lo que confirman la disolución, el llanto, el mármol?
Pero hay ternuras que ningún muerto calumnia - las íntimas, indescifrables novedades que nos aporta a la música, la patria que no quiere ser más una cisterna y una higuera, el peso ardiente del amor – los minutos cargados que justifiquen esta vida agobiante.

Yo pienso en esos minutos y pienso también, amigo escondido, que nosotros labramos quizás la muerte a la imagen de la predilección, que tú has sabido poner en ella la voz de las campanas y la gracia de las jovencitas, que ella ha imitado tu escritura de colegial aplicado, y que tú has querido distraerte en ella como en un sueño donde nos bendice el olvido.

(...)

Esta fuerza vital, paradójica, es la fuerza del amor.

*

La manera que tiene Roberto Di Pasquale de indagar en el individuo no es, claro está, inocente. Su poema se eleva del caso particular al universal, especialmente en composiciones anteriores a los años 90, que despliegan muchas sorprendentes visiones adaptadas tanto a nuestra modernidad como al pasado. Es el privilegio del clarividente y es también el del poeta. Recordando asimismo su manera tanto a Calderón (la vida es sueño) como a

Shakespeare (Apágate, breve llama./La vida no es más que una sombra que pasa, un desmedrado histrión que se agita y pavonea una hora en la escena y de quien luego nada se sabe: es un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y arrebato, pero que no significa nada), y reubicando así al Hombre en la perspectiva del Cosmos, alcanza un puro lirismo metafísico que incita a su interlocutor a descubrir – más allá de los ladrillos estelares, / edades que jamás han existido / pero que pasan y regresan / y nos apresan / en sus tramas- algo que vendría a ser como una realidad / más verdadera / que la realidad / y que se abate día tras día / sobre tu espalda / como escombros caídos de los espacios cósmicos. Nosotros y nuestros descendientes, nosotros y nuestros abuelos, dentro de la cadena biológica y genética surgida del fondo de un caos primordial y que regresa al polvo de un torbellino matricial: todos volveremos al lugar de donde hemos venido, según las propias palabras del poeta, cuyo sintaxis misma se constituye en el instrumento del trastrueque de la visión que efectúa el poeta, de la significativa paradoja que elabora, y de allí regresaremos balbuceando, aturdidos /trasparentes ceros, como raspados y limpiados hasta el hueso de nuestros vestidos de carne, de nuestros conceptos, de nuestras apariencias. Nadie es una palabra clave en esta obra que casi nunca lo nombra, pero que por contínuas alusiones lo sugiere: nadie, o la voz y la máscara, la identidad y la apariencia, tal como nos lo enseñan la etimología y tragedia antigua:

Contiene tus memorias.
No dejes que dancen por los corredores
de tu alma
luciendo sus harapos de nostalgias
transparentes a la luz enmohecida
de falsos candelabros.
Tan sólo los olvidos
merecen el rescate repentino.
Emergiendo de lavas congeladas
que enrojecen de pronto
al reflejo de llamas
que venían viajando
por las cavidades de tu pecho
desde tiempos
en que nadie pensara en concebirte.

(26. 1991)

De modo que, al reemplazar la individualidad dentro de la perspectiva vertiginosa de la historia, el poeta inicia una toma de conciencia:

(...)

La distancia
tampoco es mensurable
(acaso que existiera)
entre aquí y este
allá.

Por momentos
se presiente el vahído inicial
del olvido
graduando su equilibrio
detrás de los dinteles
al ritmo de su cronos
indiferente
a cifras y cuadrantes.

Latidos que aguardan
el comienzo
-entre perdidos extremos-
de algún breve infinito.
Mecido en el vaivén
de grandes campanas
que oscilan silenciosas
como sonrientes
matronas
mientras danzan
al ritmo
de “la música callada”
en la aurora total.

(28. 1991)

Esta toma de conciencia del abismo vertiginoso trae, como lo había definido Pascal, dos consecuencias, dos actitudes ante el mundo: la actitud mística y la actitud de diversión. El poeta lo repite en graves poemas que no tienen nada de vehementes, sino más bien el carácter cortante de la urgencia. Aboga por el ahondamiento, por la asunción del camino. El camino no conduce a ninguna respuesta, pese a haber sido abierto por una pregunta. El mismo es la respuesta. Fuera de él y de las líneas que a través de él hay que recorrer, como en un combate espiritual tan brutal como la batalla del hombre, para citar al Rimbaud de Una temporada en el infierno, no hay salvación:

No busques más
pues nada se ha perdido. Todo está por nacer
y el tiempo es un olvido.

Aguárdate sereno,
acaso si lo quieres. No sea que encontrarte
tan sólo es que te niegues.

Siquiera lo miraras
el mundo que adivinas.

Pero él se incendia en sombras
mientras tú lo respiras.

(35. 1983)

En la cuarta parte del poema, Roberto Di Pasquale deja que estallen, en poemas más líricos, el dolor y la nostalgia, los de un paraíso perdido, los de una búsqueda del hombre consciente de sus abismos. Es sobre todo la asunción plena e íntegra de un ser lo que determina la tonalidad que el poeta emplea, rechazando de manera categórica todas las muletas ofrecidas por la sociedad:

(...)
No ambiciono el misterio.
Pero hace mucho tiempo
que quisiera entenderme.
Aparte los extraños: médico y sacerdote.
A solas con el mundo
esfera que no tiene un eje imaginario.
El eje son mis vértebras
y alrededor estrellas
el páncreas y los trenes,
el sol de las veredas, la palma de esta mano.
(...)

(36. 1954)

En la quinta parte del poema aparece claramente la noción de distancia, tan fundamental en esta obra. Distancia de uno mismo a uno mismo, de uno mismo al cosmos y de uno mismo a los otros, cuya problemática habían elaborado los capítulos precedentes:

La noche es sólo sombras
o pasos que la nombran?
¿Qué perdida distancia se repite en lo oscuro
prolongando el vacío
que nos aleja?

¿Y el mundo?
Detrás. Más allá del que camina desconocido
borrándolo todo con sus pasos
que levantan el silencio
como una turbia memoria.

(42. 1949)

Es notable en la estética de Di Pasquale la capacidad para evitar todo lirismo fácil, todo desleimiento, y sin embargo dar a su propósito, con relativa reserva, una condensación tan apremiante del drama humano. Alejado de los efectos románticos y recusando la facilidad de una metáfora surreal, crea en profundidad, no obstante, una gran presencia del tema y de la mención, también por alusiones, de la tensión entre realidad y real, en la que el poema contribuye a crear, no lo surreal, sino lo real profundo, viviente, indagador tanto como indagado. Agonía, destrucción, desaparición y ausencia son aquí los signos de la muerte, cuyo papel capital en la elaboración y uso de la palabra es conocido; pues, tal cual lo he señalado en el volumen sobre la obra de Jean-Luc Steinmetz[5], y citando a Jean-Michel Maulpoix y su notable ensayo, aparecido en Corti La voix d´Orphée: “el trabajo de la poesía consiste en aproximarse lo más cerca posible a lo inexpresable. Es un trabajo que se mueve en la palabra hacia lo que ésta tiene en jaque. Ver la muerte implica que se diga y se recomponga la vida multiplicando sus figuras y sus detalles (...) La muerte pone al lirismo en el mundo y éste la invoca prestándole su voz”.

El juego dialéctico entre la voz lírica y la muerte, ese trabajo de poesía, es exactamente similar al juego de la dialéctica de la conciencia dado a luz por Roberto Di Pasquale a través de la organicidad de su poema o de los diálogos que lo componen y que están perfectamente resumidos en una sola y bella imagen, la del parpadeo de pestañas del universo, de la mirada de la creación, muy próxima, en suma, a la imagen hindú de la danza de Shiva. Un pestañeo de párpados de Dios (llamémoslo así) crea las formas de la vida, y otro pestañeo las anonada y las disuelve.

Del hueco palpitante.
De tan espesa soledad,
que una sola voz podría
redimir sin dolor,
nacen vacilaciones e innumerables
deseos que ponderan
la dimensión de las agonías.

Son como voces alucinadas.
Pronunciadas no por labios, Sí
por un párpado inmenso
que desgarra su esfera
en un vahído infinito
de imágenes últimas e inmemoriales.

Restituyendo siempre la afanosa
soledad con sus voces.
Asomándose cruelmente
a esta remota constelación de mi cuerpo
con el silencioso estruendo de sus miradas.

(44. 1951)

Las dos partes finales del libro se componen, según la explicación dada por el propio poeta en una nota liminar de la edición,por un lado, de textos de todas sus épocas, que constituyen una especie de caleidoscopio de diversas formas de expresión y de contenidos temáticos circunstanciales que entretejen la trama, variada pero combinada con el “rayo que no cesa”, y, por el otro, de tres poemas escritos en Africa, donde el autor residió largo tiempo, y que son como síntesis, como concisas fábulas de su propia temática, el último de los cuales cierra de un modo muy abierto el libro, en perfecta simetría con el primer poema del conjunto, citado al comienzo de este estudio:

Ahora miras los árboles.
Los tocas.
Son árboles pobres. Menesterosos.
Les hablas, también.
Yo les hablas.
No saben qué responderte
los árboles
Si, sepan.
Yo no entiendas,
Todavía.

(65. Bouaké, Côte d´Ivoire, 1974)

Tras la evocación de la muerte, estos poemas muestran, en la desnudez y la esencialidad de su designación, una esperanza: la esperanza, una vez más, de la vida que trasciende lo factual de las vidas individuales, como que en estos poemas el Africa aparece la metáfora de la Vida: despojada, pobre, diezmada y sin duda frágil en los azares de su existencia hecha de dramas y de condiciones-límite, es también el territorio que muestra la constancia y el empecinamiento de las fuerzas creativas. Esos pobres árboles, necesitados, desmedrados, sedientos, quemados por un sol implacable, sabrán allí donde el poeta, el hombre, no los comprende. No todavía.

*

Sin duda por eso, hoy, Roberto Di Pasquale plantea, en uno de sus poemas inéditos, el grave problema de las relaciones del hombre con la muerte. Ya no se trata del problema de la pérdida y de la disolución de las vidas individuales, pues estas pérdidas y estos anonadamientos pertenecen al orden de lo necesario y yo diría, inclusive, de lo vital, de la creación del cosmos en chorrros continuos dentro del orden de la materia y del espíritu no separados. De lo que se trata en este poema es de la muerte misma de la Vida, una muerte que pasa por la tecnología. En este punto se piensa, asimismo, en el poema de Borges “El Golem”, del poemario El otro, el mismo, en que Borges escribe:

(...)
Un Nombre terrible existe pues, el cual la esencia
de Dios mismo está cifrada – y es una palabra humana, que deletrea al alfabeto, que puede trazar la mano, el que la pronuncia es Todopoderoso
(...)

Ese deseo de omnipotencia, última máscara de la diversión, es capaz de anonadar toda vida individual, desde luego, pero no la Vida misma. Estaríamos en el orden del simulacro, en otra vida dotada de otro tipo de conciencia, quizá, pero sin duda una conciencia aterradora, no ya definida por su capacidad para formular preguntas, sino programada para proporcionar respuestas. La negación misma de la evolución espiritual:


La muerte
se murió una tarde
abrumada
por la obstinada eternidad
del infinito.

Inundada de lágrimas
aulló
con un gemido balbuciante.

Formas ajenas al Cosmos
fueron testigos
de señales alentadoras
que anunciaban
su resurrección.

(inédito, 1999.)

Una vez más, el poeta nos indica con sutileza, gravedad y conciencia, y asimismo, sin duda, con una pizca inquietante de misterio, la vuelta dialéctica que podría operarse: procurar vencer a la muerte rehuyéndola, anulándola, es indudablemente llamarla con certeza como al rayo sobre nosotros mismos. Anular la muerte no es no morir. Es, precisamente, aceptar morir. Porque así, habiendo vivido con nuestra palabra justa y con nuestra tierna solicitud para con el mundo, jugamos el juego de la Vida.

Roberto Di Pasquale nació en Buenos Aires, Argentina, donde obtuvo el diploma de profesor especializado en Letras en la Universidad, después de haber terminado un doctorado en Filosofía y Letras. Trabajó primero en la Academia Argentina de Letras, antes de colaborar en la revista Sud (dirigida por Victoria Ocampo) así como en el suplemento literario del diario La Nación donde publicó sus poemas Las Alusiones. Miembro fundador de la revista literaria Buenos aires Literiaria con Jorge Luis Romero, Anderson Imbert y Julio Cortázar, entre otros. Profesor de la Universidad Nacional de Buenos aires, también director del departamento de enseñanza audiovisual en el Ministerio de Educación Nacional. De 1971 a 1983, trabajó para la UNESCO como experto en Guatemala, Costa de Marfil, París y funcionario UNESCO regional para África, en Senegal. Miembro consejero de la de la Fundación Argentina de la Poesía, del Grupo de La Luna que, vicepresidente de la Asociación Americana de Poesía, Gente de Letras, etc. Se consagra actualmente a la escritura.

Roberto Di Pasquale fue el invitado de los Encuentros literarios de la Casa de Poesía de Namur, semana del 22 de febrero 1999 (Bélgica).

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[1] Roberto Di Pasquale, Les Allusions, Trois Rivières: Écrits des Forges (en coédition avec Edición Del Harmattan), 1994. Traduction française de Denys Bélanger. Illustrations de Antonio Seguí.

[2] En El hacedor. Estos son los primeros versos del poema: “Mirar el río hecho de tiempo y agua / Y recordar que el tiempo es otro río, / Saber que nos perdemos como el río / Y que los rostros pasan como el agua”.

[3] Se refiere a la edición en francés. N. del T.

[4] “Muertes de Buenos Aires”, Cuaderno San Martín.

[5] Eric Brogniet, “Jean-Luc Steinmetz, un lyrisme qui creuse l´absence”, en Sources, Núm. 21, Pag. 200. Poésie, réel, réalité, T.I



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