RODOLFO MODERN

Roberto Di Pasquale

Muchas veces se ha dicho, tantas que hasta llega a ser cierto, que el poeta (cuando lo es) resulta autor de un solo poema. El mismo Heidegger lo rubrica con su complejo bisturí filosófico lingüístico, Roberto Di Pasquale, nuestro homenajeado con plena justicia, ha reunido en estas Alusiones algo más de trescientos poemas. La cifra, aunque en materia artística no se trata esencialmente de cifras, puede resultar impresionante. Y no lo es. Para nuestro caso resulta el filtrado o decantación, como se prefiera, de alrededor de cincuenta años consagrados (y uso el verbo deliberadamente) a la Dama Poesía. No diré que ésta sea la razón de su vida (la frase, por supuesto no me pertenece), pero anda cerca. Toda su carrera literaria se ha desenvuelto en medio de los andariveles privilegiados por los que el fluido lírico corre. Con tenacidad, pero,

sobre todo, por una necesidad interior imperiosa, porque, cuando se ha recibido el llamado, sería anatema, profanación, blasfemia o como se prefiera, desobedecerlo, ya que se trata de una convocatoria que se origina en los planos más altos del espíritu,pero el caso Di Pasquale no es común.

No solo por razones de afortunada cronicidad (y no me sorprendería que dentro de diez años saliera una edición ampliada de Alusiones), ni siquiera de fidelidad exclusiva a la musa, sino porque en él la poesía no es solo su verdad, en referencia a las Memorias de Goethe que llevan ese título (y adviértase que el término Poesía antecede al otro), sino porque los poemas parten de un integridad íntima y personal donde no se advierten fisuras, sino una continuidad ejemplar. Roberto no "hace poemas", Roberto "es" poeta. Y poeta cabal, entero, auténtico, puro. Basta no solo leerlo, lo que resulta indispensable, sino también conocerlo. Yo tuve ese honor, allá en los comienzos de la década del cuarenta, sin pulpera de Santa Lucía, aclaro, en esos años, hoy idílicos, en comparación de lo que vino después, cuando el fervor literario y civilizado inspirado por la Reforma Universitaria nos congregaba y luchábamos por un país donde el autoritarismo y cierto fascismo solapado y no tan solapado no se hiciera dueño de su malhadado destino. Eso pensábamos, y muchos de los cada vez más escasos sobrevivientes que restan lo seguimos pensando. Una opinión, claro está, pero es la nuestra. Las consecuencias inmediatas de esa lucha por la libertad y autonomía de la Universidad fueron doce días que Roberto, yo, y muchos miles de compañeros fuimos alojados durante doce días en el cuadro quinto penal de Villa Devoto a expensas del Estado. Moraleja, lo gratis no siempre es beneficioso. Ya entonces Roberto rumiaba, supongo, sus primeros poemas, es decir, "su" poema. Y se diferenciaba de otros hacedores de versos por la circunstancia, no demasiado frecuente, de que el poeta era asimismo, y como reflejo de sus versos, anhelantes de comprensión de lo intuido o dado, de pureza, de verdad y belleza, una buena persona, una bonísima persona. Y exaltada créase o no, muchos liróforos, ay, no lo son. Se manchan con la realidad y a veces la tiñen con deseos turbios o ambiciones que nada tienen que ver son el ascetismo y el rigor que son patrimonio de la poesía que merece ese nombre. Lo que, por otra parte, no debe considerarse como un signo de abstención ni mucho menos ante el espectáculo que el mundo exhibe. Y la maldad, ni siquiera la malicia, muchísimo menos el cálculo mezquino, han regido la voluntad de nuestro amigo. Y así, en consecuencia, es su poesía. Porque en el ejercicio del arte las trampas, tarde o temprano, se descubren, y Roberto ha puesto sus cartas siempre sobre la mesa, las poéticas en primer lugar.

De toda poesía digna de ese nombre se desprende un aura, cuyo portador se identifican el yo lírico. Y el aura que emana de los poemas de Di Pasquale es muy personal, poderoso y definitorio. Porque las palabras que integran un poema son, indudablemente, símbolos significativos de algo que comprenden naturalmente a su hacedor. Pero ocurre que la poesía no reside, directamente, en esas palabras, está más allá, arriba, en las márgenes, abajo, la localización no importa, quizás tampoco la intención explícita. Se reúnen, me parece, y me parece más leyéndolo a Roberto, en ese "aura", para darle un nombre, que es más que clima o atmósfera. A tal punto que si leyéramos un poema de Di Pasquale que éste no hubiera firmado, reconoceríamos su tono, rasgo típico de los creadores notorios. Y estas "alusiones", el nombre más adecuado que puede dársele a sus poemas, requieren una lectura en voz baja. Porque una de sus características es la dicción despojada de todo énfasis, nacida de una emoción tan poderosa y recoleta, al mismo tiempo, que no requiere ningún énfasis retórico. Y eso que se musita, casi, posee, sin adherir a dogma o confesión alguna, una intensa veta religiosa. La percepción poética de Di Pasquale se metamorfosea así en el reconocimiento de un milagro que nos vincula con la Creación, el aire, el árbol, el río, los sentimientos, el inexorable discurrir del tiempo. También con el misterio, los sueños, la nostalgia, el silencio. Lo que lleva a reconocer en Di Pasquale el gesto de colocarse al margen del suceso histórico, de las conmociones externas. No es que le resbalen, pero sus versos se sitúan en otro plano, en una sacra atemporalidad, en un hambre de permanencia, por más menguada que sea, frente a lo que, en una perspectiva adecuada, puede considerarse como efímero. Por eso, en su caso, cualquier análisis estilístico, cualquier interpretación con olor profesoral, venga del estructuralismo, del posestructuralismo, de la semiótica, del posmodernismo, de donde sea, lo debilita o falsea y resulta insuficiente, por tanto no va al meollo de la cuestión, apunta a lo secundario y o, en el mejor de los casos, resulta superfluo. Claro, los profesores también tienen que vivir, pero la poética, con mayúscula, exige otras dotes. Y solo quienes están dotados o consustanciados de la particular sensibilidad de Roberto, quienes sintonizan en una onda similar o parecida, pueden entenderlo en la riqueza de sus (vuelvo al término) alusiones, que tejen una densa red de vinculaciones abarcadoras de lo que existe e importa. Quienes son capaces de leerlo con el rigor íntimo que su poesía reclama, advierten así tonalidades metafísicas, problemas de la percepción del conocimiento de uno y de los otros, ansias de indagación, desesperación ante la insolubilidad de las preguntas o ante la fatalidad de las enunciaciones. Por esto, y por muchas cosas más que aquí no caben, la poesía, de Di Pasquale es significativa en la mejor de sus acepciones, y la convierten en un referente obligado dentro del panorama, a veces malignamente inflado, y falso, por tendencioso de la pseudo poesía argentina de nuestro tiempo. Para terminar, y advertir el inusual calibre de su lírica y distintiva voz, leeré este poema, ejemplo que sintetiza y pone de relieve, en obra, lo antedicho. Dice así:

El alma
se despierta cuando duerme.
Su sueño de vigilia
inaugura la vida
que viene de muy lejos
entre las nubes
los vientos y las aguas
que yacen en las fuentes
de lo que siempre ha sido
y no dejará de serlo.

El poema leído fue escrito cuando Roberto Di Pasquale tenía setenta años de edad. Nada Más.


Buenos Aires, 26 de mayo de 2004

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