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PHILIPPE
DELAVEAU
Es
miembro correspondiente del Pickwick Club (sección Parc Monceau).
Recibió el premio "Apollinaire" por su primer libro
"Eucharis", editado por la prestigiosa editorial de Francia:
Gallimard.
Por sus obras "Le Veilleur amoureaux", "Labeur du
temps", "Petites Gloires ordinaires" recibió
el premio Max Jacob 2000.
Laureado del Gran Premio de Poesía de la "Academia Francesa"
por el conjunto de su obra.
Fue en Trois Rivières, en Québec, que nos conocimos
Roberto Di Pasquale y yo. Así, existen algunos lugares
benditos sobre la tierra. Struga, Trois Rivières, Lovaina
-donde, durante algunos días, la poesía recibe ese
don inestimable de encarnarse en voces, para auditorios pacientes
y atentos.
Roberto Di Pasquale viene de la Argentina y aún de más
lejos o para nosotros los franceses, de más cerca: Italia.
Pero, también ha vivido largo tiempo en África, la
cual está intensamente presente en algunos de sus poemas.
Quiero decir, mencionando esto, que Roberto Di Pasquale ha visto
mucho, antes que, según sus modalidades singulares, la palabra
poética no haya transfigurado sus recuerdos. Entonces, entre
África, Europa y las Américas, la palabra poética
se convirtió en su verdadera morada. Musset decía:
"Los grandes artistas no tienen patria". A esto Camille
Saint-Saëns respondía: "Si el arte no tiene patria,
los artistas sí tiene una". Por mi parte, yo creo que
ellos la buscan largo tiempo, a través de sus viajes o de
sus sueños, como la Rusia que Rilke había juzgado
"vasta y santa", primera revelación del lugar de
poesía, primera figuración de lo Abierto. Es necesario
haberla buscado largo tiempo para encontrarla en la voz profunda.
Es necesario haberse aproximado al centro, donde todos los lugares
del mundo se nulifican entre sí. Pero éste descubrimiento
último implica largas búsquedas a tientas. "El
primer estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio y total
conocimiento. Busca su alma, la inspecciona, la intenta, la aprende".
Esto dicho por Rimbaud, y parece que Roberto Di Pasquale lo ha escuchado
y se ha esforzado por responder: "Yo soy / Animal con misterio
/ hombre", él escribía en 1950. Definición
que corrobora la de un poema de 1922: "Consagrados / al misterio
erizado / de su carga de enigmas". Pero el poeta no se abandona
a conceptos. Él sabe que la poesía debe apoderarse
del aquí, de ese aquí abajo, donde transitamos. "¿Qué
estás haciendo aún / con tus pies en la tierra? /
Acaso sí lo pienses".
Entonces se descubre la parte de misterio que parece adaptada al
hombre. "Ajeno a tu ansiedad y al tiempo que la mide".
El espejo de palabras revela al hombre que se interroga, su extrañeza
fundamental. Pareciera que el hombre se despoja precisamente de
aquello que le permitiría conocerse. Es lo que deja oír
el poeta cuando ofrece al río Hudson la libación de
su poema:
He llegado hasta
tí, Río Hudson,
a conversar un rato con tus aguas.
Despojados los dos, naturalmente,
de aquello que el mundo nos dio
como una gracia.
Entonces el poeta emprende el camino para llegar a su centro. Busca
lo que podría ser el conocimiento que le dará la poesía.
Conocimiento humilde, provisorio, que exige largos tanteos, y más
que todo, sin duda, la experiencia, fundadora, ontológica,
que consiste en colocar en primer lugar la existencia. "Saber
que uno ha nacido", saber, simplemente que "la vida existe".
La vida aparentemente tan simple, sin embargo, inaccesible:
No puedo despedirme de mí mismo.
Y no podré siquiera adivinar
cuando llegue
el momento de advertirlo.
Entonces, hay que caminar, es decir cumplir el espacio, pero "la
distancia tampoco es medible (acaso si ella existe), entre aquí
y este allá". Saber por último que "lo que
digo es verdad". He aquí eso que a pesar de la ansiedad,
o causa de ella, la conciencia que canta puede reconocer sin equivocarse.
Ella sabe que debe apoderarse de pronto de "lo eterno del instante".
Hay que esperar así, o soñar de noche, entre los árboles.
Quizás arriesgarse en el laberinto, que obsesiona a veces
a Roberto Di Pasquale, como a su compatriota Borges, para encontrar
en un recodo del camino ese algo misterioso que se calla. ¿Es
Dios, es el Destino, es la muerte? Pues el poeta ha sentido a veces
una presencia invisible. "Las manos que empujan tus espaldas
no dejan tus huellas digitales". Y por delante, las manos del
poeta que camina, palpar las formas vacías del abismo, donde
yace el silencio. Pero igual hay que combatir, porque es a ese precio
que reanuda la marcha:
Ahora has llegado a las últimas líneas
El combate se libra
sobre el barro o la nieve.
Tal vez a pie desnudo.
No es cuestión de cruzarlas
las últimas líneas.
Hay que chapotearlas. Combatir.
Pero en esta experiencia de la ausencia, he aquí que
el poeta encuentra "al poeta Ricardo Molinari / ya anciano"
y que ese testigo le recuerda la lección de la poesía:
"Qué lindo es escribir" y le comunica su alegría:
"Si. Por supuesto. Estaba marchando / sobre el barro y la nieve
/ de sus últimas líneas / Combatía".
También, ¿cuál será el estatuto del
poema? Roberto Di Pasquale sabe como los poetas franceses de hoy
en día, que han escuchado la lección de Philippe Jaccottet
y de Jacques Réda, que la poesía debe tender a la
simplicidad. ¿Esto quiere decir a la facilidad, a la indigencia?
De ninguna manera. El poeta nos dice que desprecia "los versos
anecdóticos". Si toda poesía es al comienzo circunstancial
porque ella salió de un instante, ella se eleva sin embargo
hacia lo universal diciendo que no pasa. Más todavía,
la palabra poética es una transmutación del espesor
en palabras, del cuerpo en subtancia melódica: "Los
fragmentos que escribes ahora / comienzan a ser, / como pediste
alguna vez, / los trozos desgarrados / de tu carne enverbada".
Así, es necesario continuar a soñar, marchar alrededor
del centro, para aproximarse dulcemente, proceder así por
alusiones. Porque todo momento de la existencia, como todo objeto,
nos habla de misterio. Eso que en otra perspectiva, afirmaba Claudel:
"Los hindúes no cesan de repetirnos que todo es ilusión,
pero nosotros, los cristianos, creemos que todo es alusión".
Entonces el poeta puede esperar algún día el retorno
del niño que fue, que vendrá a buscarlo, quizás
en el momento de la muerte.
Quizás es la experiencia última de lo inefable. "La
revelación de la infancia". "Si de pronto aquel
niño consintiera en volver (...) si de pronto volviese, y
nombrándome / revelara la noche". La noche es la esencia
misma, última del trabajo poético. Son los ojos quemados
por haber contemplado lo invisible, y en el mismo instante lo que
sólo han visto el sueño del árbol. "Y
lloro ante mis ojos / que no pueden mirar / lo que llevo / aquí
dentro".
Esa es, en definitiva, la palabra poética, que logra, aunque
fracase, aproximarse a lo que es en conjunto ausencia y presencia,
"ausencia ardiente" decía Rilke. Y su melodía
propia, el sonido que devuelve la voz. Lo que Roberto Di Pasquale
llama la "música callada".
Pero estos comentarios no son nada. Falta, y es lo más importante,
el universo de poemas ... Delacroix decía que la pintura
es un "puente entre dos almas". Rilke ha usado la misma
expresión en una carta a Supervielle. Deseemos que las Alusiones
de Roberto Di Pasquale lo sean también, asociando nuevos
y fervientes lectores a su empresa.
(Este
texto fue leído por Philippe Delaveau al presentar la traducción
francesa de las Alusiones en la Sede de la UNESCO en París,
el 10 de mayo de 1994.)
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