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HÉCTOR
TIZÓN:
Capítulo dedicado a Roberto Di Pasquale
Capítulo del libro de Héctor Tizón "Tierras
de Frontera" del mes de abril del año 1998, llamado
"El poeta secreto" dedicado a Roberto Di Pasquale.
El Poeta Secreto
Una serie de coincidencias ocurren para que este pequeño
cuadernillo se ponga bajo la vista. leo: Las Alusiones, en finas
letras rojas, la dedicatoria entrañable, los seis poemas,
solo, en voz baja como quien reza, sentado en el suelo; al cabo
de leer ya he olvidado lo que en realidad buscaba y me sumerjo en
un río diferente. Afuera, el sol de Yala sobre los matorrales
del jardín imita a un cuadro de Seurat y una rama florida
de bungavilla se mete apenas por la ventana, como una mano violácea.
Suena el llamador, arriba, en el viejo departamento de la calle
Gutemberg y Roberto Di Pasquale aparece contundente, con un botellón
de ese vino áspero y chambón -dicen que de las viñas
de baja California- colgando de su mano. Es la primera aparición
del poeta y esa imagen se me ha antojado siempre un truco visual,
un collage: el botellón en la mano como superpuesto al resto
del atuendo, correcto y oscuro, a su cabeza peinada a la antigua,
a su mirada inteligente y bondadosa. Ese contraste era, a la vez,
una burla leve, antisolemne. Él venía de Buenos Aires,
con algo así como una beca, pero también de Nueva
York, desde donde había tratado de enviar artículos
a una revista zonza mientras experimentaba el pavimento de Manhattan
paseándose con sólo una hamburguesa en el estómago,
sabiendo de antemano -como Karl Rossmann- que él jamás
llegaría al Gran Teatro Integral de Oklahoma, sencillamente
porque en Estados Unidos, el Gran Teatro Integral de Oklahoma ya
no existe más.
Siempre que pienso en Di Pasquale me asalta la imagen del país.
Como cualquier argentino de Buenos Aires, o mejor dicho la imagen
más famosa (o la imagen impuesta) del país, que es
la que se da a través del espejo de Buenos Aires. Di Pasquale
lleva en sus pies y manos, en su costado, los estigmas del país.
Como cualquier argentino de Buenos Aires, como Borges, por ejemplo:
brillante, profundo, de una habilidad pasmosa para explicar (quien
tiene conciencia de lo abstracto de la geografía que pisa,
en el explicar le va la vida), pero sospechando en el fondo que
esa realidad árida, brillante, que discurre sin desventajas,
así como en París o Londres, pudiera ser advenediza
o falsa y en cualquier momento mostrar su cara verdadera, latinoamericana,
caótica, contradictoria, brutal,, desmitificadora. Y es por
cierto el afán que lleva a Borges a idear malevos metafísicos,
el mismo que impulsa a Di Pasquale a frecuentar milongas a la guitarra,
cantadas en voz baja, como quien conversara, igual a aquella que
recuerdo, trasnochado, en una casona belle époque de Villa
Urquiza. Porque para él, entre un soneto de Lope o Garcilaso
y una cuarteta de Carlos de la Púa -así como entre
el arte primitivo y el de Miguel Angel o Giorgione- jamás
ha cesado de reinar la concordia; antes, lo uno sin lo otro no puede
concebirse.
A Di Pasquale debe ser a quien he escrito más cartas, sin
que jamás llegasen a él, puesto que ninguna alcancé
a enviar ni a terminar, luego de dos o tres páginas las abandono
porque pienso que todo eso que escribo no es suficiente y que debo
reservarme para el encuentro de viva voz en el boliche de Rodríguez
Peña. Allí estará, prevenido por un telefonazo
en su oficina, esperándonos, frente a un trozo de provolone
y una opaca jarra de vino, apartado del grosero karma, del ruido
y de la moda, dispuesto a decirme una vez más, pero de un
modo distinto cada vez, qué feliz fue mientras vivió
-hace muchos años- unos días en una pensión
de Santiago del Estero, con recatadas docentes y graves jubilados,
y cuando se paseaba, luego de las comidas, o en las tardes, por
una fragante calle blanqueada de naranjos.
Después entraremos en materia, al cabo de una increíble
divagación acerca del patán de turno que será
-sempiternamente- su jefe en la oficina pública donde trabaja
(éste es uno de sus verdaderos lados flacos; no entender
que un funcionario burocrático es siempre un patán,
casi por definición, por necesidad del sistema). Ese será
el tema de los primeros momentos, cuando me limito a escuchar lo
que el poeta habla; son sus intérvalos de explicación,
de una explicación que huelga. Para vivir el poeta se ha
empleado como técnico en audiovisualismo (Hawthorne era administrador
de puertos, Martínez Estrada menestral de correos, Darío,
algo peor: diplomático). Pero, de algún modo, esa
elección ha sido un acierto; la consecuencia de un afán
de no contaminación. Sabe que el lenguaje, la comunicación
oral -si no el silencio- es el medio para tratar lo indecible e
inescrutable; y que para las cosas de este mundo basta la imagen,
la figura es suficiente. ¿Pero por qué este pretexto
-esta autocastración, para una poeta- para eludir la palabra
por la imagen, el sonido por la figura? Ello es su límite
y su rebelión, como si quisiera significar que, luego de
la ordalía de las palabras su bandera está en otra
parte; quizá en la sonrisa muda, en dos o tres sonidos elementales,
o en el silencio; en la certeza de que nadie puede comunicarse verdaderamente
sin caer una y otra vez en la desesperación. Y allí
reside su gloria secreta -aquella que por inexpresada y no compartida
es más dulce- y su venganza.
Hace ya un tiempo nuevamente escribí unas líneas que
le estaban destinadas, hablándole sobre Aramayo, el último
virtuoso de erquencho en Yala (refiriéndonos siempre al tema
de los medios de expresión). Le digo que el sonar de este
instrumento es impresionante, monocorde, apocalíptico, como
el que produciría seguramente un gigante al sonarse los mocos
-con alguna melodía- apoyado en el tronco de uno de estos
eucaliptos de los fondos de mi casa. Un sonido grave acompasado,
pacífico; algo que es lo contrario de la estridencia; una
música que no es para bailar; sino para pensar con las entrañas,
antirromántica e intransmisible.
Y a pesar de que él ha escrito:
"¿Si de pronto -nacida de un relámpago
o de una flor- comenzara la revelación
de la infancia?
pienso que su falla es su falta de fe, de allí su gran debilidad
en muchas cosas; también su extraordinaria elocuencia.
El ha escrito también, al final de su única obra impresa:
"Es este último rencor de estar alegre,
y ser tan sólo un poco e tierra que se enfría.
¿Pero quién parte
el terrón entre sus dedos?"
Cuando lo veo angustiado por problemas tontos: la estabilidad en
su empleo, las pequeñas intrigas de oficina, de las cuales
es siempre víctima, naturalmente, y otras irrealidades por
el estilo, pienso en qué necesitado está de un cartero
Roulin para conversar -de un Aramayo tocador de erquencho- para
comunicarse verdaderamente en esa selva que ha elegido mal como
su habitat o su destino.
Su último poema -escuchado por mí- fue aquella elegía
para el lustrabotas muerto en el Bar Jockey Club de Florida y Viamonte,
compuesto con premura en un trozo de papel que ya he perdido o traspapelado.
Aquél que esuché componer de viva voz y vi escribir
mientras lo pensaba out-sider, pero no por estar afuera, como Rimbaud,
Gauguin o Van Gogh, si no por estar dentro. Y finalmente, los poemas
procaces, sencillos e ingenuos como una queja.
Después su voz en el teléfono, momentos antes de partir
a Londres a donde lo llevaban una vez más esos vientos de
superficie que cada tanto lo empujan, para preguntarme, angustiado,
si me acordaba del aspecto interior del hotel ("Condesa",
en Avda. Reforma, México DF) y los motivos del empapelado
de sus paredes (alas de mariposa, quizá, sobre fondo claro)
donde se había alojado Jacques Monard, el asesino de Trotski,
días antes de adquirir el zapapico con el que partiría
en dos para siempre el cráneo del viejo y el concepto de
la revolución mundial (porque estaba seguro que el fantasma
del asesino se aposentaba en él desde hacía un tiempo);
y cuántas cuadras habría recorrido desde La Lagunilla
a Coyoacán, y qué aspecto tendría al consumar
aquél desenlace dialéctico y horrible... Quizá
me llamó desde el aeropuerto, quizá volaba ya -cuando
colgué el auricular distraído del código y
los aranceles- rumbo a esas brumas, tan iguales a las nuestras de
Volcán o de Tumbaya, pero habitadas por los conjuros de Merlín,
de Lady Macbeth, de la Heimskringla.
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